Pienso, pienso en lo que decía cuando hablaba y cuando callabas, cuando aguantarte la mirada se convertía en una epopeya predecible, pienso en qué sentido te arrancaría para que igualaras el deseo de tener lo que yo ahora no tengo, de sentirte mudo y desear mi voz o de ser un ciego que no ve más allá de lo que ve mi cerebro. Pienso, pienso en esos días en que los amaneceres se podían contar en las arrugas de tus párpados, en que los cielos oscuros de tormenta no eran más que sucesos fuera de nuestras ventanas, en que enterrábamos trincheras de guerras ya pasadas, en que tendíamos nuestra piel a secar y nos poníamos otra recién comprada.
He dejado de pensar, de pensar en las cartas que te enviaba sin remitente sintiéndome un aventurero, he dejado de pensar en tus ojos al descubrir que no me gustaba el café, al descubrir que no sabía leer un mapa o al oírme cantar canciones que no eran acordes a mi edad. He dejado, dejado de descubrir rincones verdes dentro de parques negros, de farolas especiales en calles desiertas o de puntos cardinales que nunca apuntan al norte.
He dejado de olvidar lo que nunca debió ser un recuerdo, de sentarme en sillas que no son seguras pero que me sostienen, de cubrir con metacrilato los precios de mis decisiones o de guardar tu pijama bajo la almohada.
Cojo las maletas y pienso, pienso en que no es tan mala idea sonreír. Suspiro hondo hasta que el aire duele y abro la puerta titubeando, pensando en que ya no hay cenizas de fénix, en que las musarañas han decidido esconderse para que no las encuentre. Miro atrás y sonrío. La garganta se anuda destruyendo mis cimientos. Doy un paso al frente y se cierra sin compasión. Vuelvo a coger aire y camino decidido mientras palpita el corazón en mi cabeza. Pienso, pienso en lo que éramos juntos y en lo que ya no seremos. Comienzo el viaje dejándote atrás mientras das puñetazos en muros de cal viva. He dejado, dejado de pensar en ti, de pensar en mi, Infancia.


