Y ahora empieza a llover de nuevo. Otoño otra vez. Y yo sigo aquí, dónde sino. Sentado en esta acera, mirando los coches pasar, esperando que uno de ellos sea el tuyo, que decida venir a por mi otra vez. La lluvia moja mi pelo, empapa mi ropa, y peso tanto que tengo miedo al ponerme de pie por si mis piernas no van a aguantar el peso de mi sangre, que corre furiosa arrastrándose por las venas hasta mi cabeza.
Me apetece reprocharte, reprocharte que esté pasando frío por dejarme aquí esperando, de la rutina y de obligarme a conservar los recuerdos que quise eliminar de una puñalada. Quiero culparte de tenerme aquí empapándome, de que la lluvia no me deje oír ni mis propios pensamientos y de que me esté cegando impidiéndome casi parpadear. Sólo pienso en jurar que voy a vengarme por permitir que no sea capaz de parar otro coche y subirme. Pero tienes razón, nadie me obliga a estar sentado aquí; que los cuentos de hadas sólo empiezan a ser felices cuando lees las últimas dos páginas.
A lo lejos se oyen los truenos, pronto los rayos van a iluminar esta noche que está empezando a rodearme; Pienso en todo aquello, lo valiente que fui al conocerte, y lo cobarde que soy ahora para asumirte. Mira, ahí pasa tu coche. ¿Me verás?, lo dudo. Claro, cómo vas a ver, si la cortina de lluvia cada vez es más espesa. No frenas ni para coger la curva. Ahí te vas, y yo me quedo aquí, sentado en esta acera, viendo las luces rojas alejándose y esperando que tu coche vuelva a pasar y que quizá sea esa vez, la vez que gires la cabeza y me veas sentado. Sentado esperándote.





